Top 5 de películas de cine rumano

La creciente participación del cine rumano en los grandes festivales cinematográficos de Europa nos ofrece una pista bastante fiable del importante crecimiento cualitativo que este país está disfrutando en lo referente al séptimo arte. Sus intrigas, por lo general impregnadas de una fría y explícita carga dramática, han conseguido atrapar al espectador y obligarlo a escapar de la comodidad condescendiente del cine comercial. Aquí dejamos algunos de los ejemplos más sublimes y devastadores de este indolente cine.

  1. 4 meses, 3 semanas, 2 días

Ésta es, quizá, la película rumana más importante de todos los tiempos. No diremos la mejor, porque la competencia es ciertamente abrumadora, pero sí la que comenzó a poner en el punto de mira a un país que hasta entonces había pasado desapercibido por los grandes circuitos. Su premisa consiste en denunciar los estragos de la dictadura brutal de Ceaceuscu y los innumerables traumas que originó en la población, mostrando un escenario de depravación y comicidad despreciable del rico frente al pobre. Una lucha de clases despiadada en la que se pone de manifiesto que la vida y la muerte de un ser humano no valen absolutamente nada. Mediante la dramática historia personal de una joven embarazada esperando poder poner término a su pesadilla, Cristian Mungiu hace avanzar a su país hacia un modelo fílmico más desarrollado y abierto a la distribución europea.

  1. The Rest is Silence

Hamlet muere diciendo, “The rest is silence”. Estas palabras, conectadas en cierto modo globalizante con el tópico literario contemptus mundi, hacen alusión al descanso tras la frenética lucha que ha supuesto su propia vida. Nae Caranfil utiliza la frase mortuoria con intenciones laudatorias, apreciándose un sentido homenaje hacia el cine, lo único que nos saca del absoluto silencio de todo lo demás. Grigori Ursache es un cineasta que evidencia el injusto desprecio sufrido por los primeros directores allá por los inicios de la industria cinematográfica, antes de que el concepto de autor se pusiera de moda. De ahí su carácter retraído, humilde, todo lo contrario que el multimillonario y chabacano León Nagrescu, a quien deberá pedir financiación si quiere llevar a cabo su ambicioso proyecto sobre la lucha independentista rumana.

  1. La muerte del Sr. Lazarescu

Una de las comedias dramáticas más escalofriantes de los últimos años. La terca y entrañable personalidad del señor Lazarescu logra que el interminable padecimiento del hombre nos atrape y consiga dejarnos sin aliento durante la eterna agonía que supone para la clase baja obtener asistencia médica. El filme funciona como un retrato de las dos Rumanías y el choque entre ambas, que queda magistralmente representado en la triste figura y el padecimiento del moribundo Lazarescu mientras es trasladado de un hospital a otro sin suerte, con la única atención compasiva de un enfermero que poco puede hacer más que aportar algo de calor afectivo a una noche helada.

  1. Más allá de las colinas

Galardonado por su excelente guion en el Festival de Cannes, la película de Cristian Mungiu alcanza su mayor relevancia artística gracias a la colosal interpretación de Cosmina Stratan y Cristina Flutur, quienes compartían el premio a la mejor actriz en el mismo certamen. La trama gira en torno a ellas, en esta apasionada historia en la que el amor vuelve a chocar con la religión en un entorno de implacable ortodoxia. Alina tratará de rescatar a su amiga de la infancia y gran amor, Voichita, de las garras del conservadurismo más riguroso, y buscará escapar en su compañía a Alemania. Mungiu vuelve a deslumbrar con su sofisticado estilo visual de tintes neorrealistas, haciendo un uso magistral del plano secuencia en una película de reflexivo ritmo narrativo que discurrirá sin prisas a lo largo de 150 minutos.

  1. Sieranevada

Sin condescendencia ni ofrecer ningún tipo de concesión al espectador, Cristi Puiu nos enfrenta, en esta gélida película, a una situación conocida por todos y temida por muchos: el duelo; prepararse para la muerte de un ser cercano y, al mismo tiempo, sentir la frustración de la pérdida, no sólo de un ser querido, sino también de las rutinas. El realizador presenta un cuadro familiar en el que no hay espacio para titubeos, puesto que todos parecen tener muy clara la opción que más conviene al resto para continuar con sus vidas. Esta necesidad de control y de egocentrismo trasladado a una comida familiar no puede traer nada bueno, aparte que la más cruel de las verdades.

Alberto Sáez Villarino.

El antepenúltimo mohicano.

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