Xavier Dolan, un nuevo clásico

Xavier Dolan irrumpió en el panorama cinematográfico con una cinta semi autobiográfica, de bajo presupuesto y con unas pretensiones autorales inversamente proporcionales a su presupuesto. Con Yo maté a mi madre, el canadiense se mostraba tan seguro de sí mismo como arrogante, ignorando a todos aquellos que vieron demasiada exageración y apasionamiento en su mirada. De esta película, pasada por alto en su tierra natal, surgió una nueva leyenda viva representante del fenómeno enfant terrible, algo que lo condujo a un enorme éxito y su aceptación en la élite del cine independiente europeo. Si en esta primera obra, el cineasta dejaba claras sus premisas argumentales, casi almodovarianas, y su entendimiento del ejercicio autoral, sería su segundo trabajo: Los amores imaginarios, el que lo pusiera definitivamente en el centro de todos los debates de cine experimental y de autor. No hay duda de que el jovencísimo director prefiere involucrarse de manera casi omnímoda en el proceso de creación artística, pues no sólo dirige, sino que también escribe el guion, produce, actúa, edita, diseña y hasta se encarga de las campañas de marketing. Sin embargo, sería esa segunda obra la que nos llevaría a la percepción de una dedicación mucho menos narcisista de lo que cabría imaginar, ya que este monopolio egocentrista, sobre todo esa manera de centrar la cámara sobre sí mismo, tanto en su físico como en sus devaneos existenciales, no es más que otra parte del entramado reflexivo de una mente preocupada por la frialdad con la que asumimos las relaciones personales en esta frenética contemporaneidad. Y será mediante esta efusiva implicación como conquistará, no sólo a un numeroso grupo de incondicionales seguidores, sino también a toda una generación de directores que verán en Dolan el estandarte del progreso y la trasgresión de un tipo de cine muy anclado en romanticismos e ingenuidades inverosímiles.

La realidad, como expresa Xavier Dolan, es muy distinta; en el mundo real la gente grita, llora, se desespera por la falta de comprensión de una sociedad egoísta, y de ahí es donde nace el histrionismo y la exageración de sus personajes. Asimismo, se aprecia una fuerte tendencia a mostrar la perspectiva femenina, un recurso laudatorio de la mujer y un grito por la igualdad de derechos que se deja escuchar con total claridad; es un escenario que añora el pasado y que vive un presente en constante sufrimiento, pero que, a pesar de todo, no se detiene ni se rinde, sino que sigue luchando por un mejor porvenir, algo tan desinteresado y altruista como es la lucha inmediata por unos derechos humanos futuros.

Las películas de Dolan cuentan, además, con recursos formales de una factura impecable que reflejan el buen gusto y la preocupación por la preponderancia estética de sus trabajos. Así, se aprecia una imagen que parece anclada en una época otoñal tan evocadora como romántica, un canto encomiástico al romanticismo pretérito, nostálgico y melancólico, que dota a cada plano de un filtro vintage idealizado mediante el manto corinto que proporcionan las hojas secas sobre el suelo húmedo. Este recurso se verá intensificado gracias a las técnicas de edición con las que el director juega a subrayar algunas escenas insinuantes que, caprichosas, destacan por su importancia en medio del metraje. La utilización de la cámara lenta, el cambio de ratio, la modificación del encuadre… son algunos de los medios con los que el realizador presenta un oasis de esperanza en un mundo desalentado.

Por: El antepenúltimo mohicano

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