¿Quién es Jafar Panahi?

Hanna Saeidi, sobrina de Jafar Panahi, y coprotagonista de Taxi Teherán, recoge el Oso de Oro de la Berlinale ante la presencia de Darren Aronofsky, Presidente del Jurado. Una de las imágenes del siglo XXI.

Entre los herederos de la Nueva ola de cine iraní, un movimiento neorrealista que omitía los preceptos más representativos de la cultura persa encabezado por cineastas como Varuzh Karim-Masihi, Dariush Mehrjui y, ante todo, Abbas Kiarostami, figuran realizadores de gran prestigio en el circuito contemporáneo como Rafi Pitts, Bahman Ghobadi, Asghar Farhadi, Mani Haghighi y Jafar Panahi; autores habituales en los festivales y palmareses de categoría A. Este año, en febrero, Haguigui estrenaba en la Berlinale la parodia Pig, que se centraba en el asesinato de los mejores directores de Irán por parte de un serial killer. La cinta de Haguigui, a través de un humor de brocha gorda, cuestionaba la importancia de los realizadores en su país y de toda esa aura transgresora que les acompaña. Libertarios en un universo rígido y altamente regulado, donde domina la censura y la asfixia a las mentes más brillantes. Es por ello que lo extracinematográfico –las condiciones de rodaje, su proyección externa… — siempre acompaña a sus estrenos. En ese sentido, el doble ganador del Óscar foráneo, Asghar Farhadi y el ganador del Oso de Oro del Festival de Berlín y el personaje que en este artículo nos ocupa son las dos caras de una misma moneda. Farhadi, formado en Francia, parece que apenas encuentra piedras en su camino para hacer cine; hallando incluso una comunión con el académico norteamericano hace dos años gracias a las políticas migratorias de Donald Trump que le valió una estatuilla dorada que parecía predestinada para Toni Erdmann. Jafahr Panahi, en cambio, se mueve en un terreno más impredecible: el underground, la clandestinidad. Ha sido acusado de traidor y castigado con la imposibilidad de hacer cine junto a un destierro domiciliario, que incumple con salvoconductos. No puede salir de Irán, por eso su sobrina recogió entre lágrimas el Oso de Oro hace tres años. La causa aparente: la asistencia al entierro de una joven activista

La carrera de Panahi ha seguido la estela de su amado Kiarostami, apostando por una particular visión del neorrealismo –con influencias de Michael Winterbottom y Ken Loach— y, principalmente, ahondando en la antropología social local. Su primer largometraje, El globo blanco (1995), tuvo su premiere, nada más y nada menos, en el Festival de Cannes, donde consiguió la Cámara de Oro a la mejor ópera prima; mejor comienzo, imposible. Su segundo trabajo ficcional, El espejo (1997), se presentó en Locarno, y sí, una vez más, se alzó con el máximo galardón: el Leopardo de Oro. Pocos realizadores han logrado con tan poco llamar la atención tanto en el panorama cinematográfico. Había nacido un referente del cine persa que estrenaba obras junto a su ídolo y referente, el mentado Kiarostami. Su tercera obra, El círculo (2000), uno de los símbolos en la lucha contra el machismo de la sociedad persa, consiguió el León de Oro de la Mostra de Venecia y el premio FIPRESCI a la mejor película del año. Sus dos siguientes largos, Sangre y oro (2004) y Offside (2006), no obtuvieron el beneplácito de prensa y público de los anteriores; sin embargo, no dejaron de engrosar su currículum: Espiga de Oro de la Seminci y Oso de Plata, respectivamente. Con Esto no es una película (2011) y Pardé (2013), nos llegaban las creaciones de un realizador ya condenado, y rodando solo en interiores. Un método elevado a la quinta potencia en la excelente Taxi Teherán (2015), la mejor película de su carrera que le deparó ovaciones allá donde se exhibía. Este fin de semana se estrena en España su último film: Tres caras, presentada en el Festival de Cannes y claro homenaje a un apellido repetido hasta la saciedad en esta columna: Kiarostami. Jafar Panahi, un director perseguido por la censura y también por el estereotipo prefijado por el público occidental. Quítense la venda, libérense de los tópicos, estamos ante uno de los grandes cronistas de nuestro tiempo.

El antepenúltimo mohicano.

Park City, Utah.

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